«Los miembros del partido no deben ser meramente luchadores, sino primeramente luchadores de primera clase. Para ello deben aumentar regularmente su nivel ideológico, político y cultural marxista-leninista, de lo contrario no serán capaces de trabajo con las masas sin partido y no serán capaces de aumentar la influencia del partido en las masas. No debe haber lugar en nuestro partido para las agrupaciones y fracciones. No debemos permitir que el partido se convierta en un refugio para los oportunistas, captituladores y arribistas. La crítica y la autocrítica es el arma más poderosa del partido para la prevención en su organización, que los líderes y funcionarios cometan errores de mayor calado, para rectificar rápida y correctamente los errores y evitar cualquier mínima desviación del marxismo-leninismo. El partido sólo puede avanzar si aplica el ejercicio de la crítica y autocrítica. Debemos fortalecer constantemente los enlaces del partido con las masas, pero no mediante la aceptación de nuevos miembros al partido de forma indiscriminada. Aquellos que quieran unirse al partido pasarán en un futuro por un periodo de prueba para lograr su afiliación. El proyecto de los estatutos del partido prevén que un camarada que no es concienzudo en realizar asignaciones de partido, no asiste reuniones de partido y no trabaja para levantar su nivel de partido no será aceptado como un candidato de partido». (Mihály Farkas; Discurso en el Congreso de Unificación del Partido de los Trabajadores Húngaros, 12 de junio de 1948)
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viernes, 22 de marzo de 2019
viernes, 20 de marzo de 2015
El camino de nuestra democracia popular; Mátyás Rákosi, 1952
[Enlaces de DESCARGA del texto en PDF al final del documento]
«El ejemplo yugoslavo nos enseñó que quien se separa de la gran familia de los pueblos defensores de la paz y edificadores del socialismo se transforma inevitablemente en sirviente del imperialismo y será tratado con el desprecio reservado a los traidores y renegados, tanto por sus amos imperialistas como por los pueblos liberados». (Mátyás Rákosi; El camino de nuestra democracia popular, 1952)
Introducción de «Bitácora (M-L)»
La publicación de la presente obra de Mátyás Rákosi facilitada por la Biblioteca Marxista Sergio Barrios se debe a la necesidad de dar una verdadera visión de las democracias populares de Europa del Este, y en este caso de la República Popular de Hungría, de 1944-1953, y sus características propias.
Algo en lo que hemos insistido siempre, es que los marxista-leninistas debemos estudiar cada revolución en particular, no podemos caer en este caso, en la trampa de aceptar el mito de la historiografía burguesa y revisionista sobre que los países de Europa del Este fueron «revoluciones montadas desde el exterior con modelos calcados, impuestos por el imperialismo soviético de Stalin». Esto es una necedad. Aparte de que no hace falta comentar la falta de respeto por el hecho de considerar las revoluciones populares allí ocurridas como consecuencia de una mera «injerencia exterior», debemos añadir que cada país: Bulgaria, Hungría, Albania, Polonia etc., han tenido en sus desarrollos unas condiciones objetivas no sólo económicas sino políticas muy diferentes entre sí, lo que hace imposible que estas revoluciones pese a basarse sus partidos comunistas dirigentes en el marxista-leninismo tengan un mismo desarrollo. De igual forma el factor subjetivo en cada país era diferente, ni los partidos comunistas estaban entre sí igual de desarrollados, igual de templados en la lucha, o tenían la misma influencia en la sociedad, ni tampoco eran iguales estas mismas características entre los partidos burgueses y pequeño burgueses de aquellos países.
Acorde el lector vaya introduciéndose en la lectura del presente texto pueden que le asalten varias dudas y preguntas sobre el proceso húngaro que precisamente el autor del texto no responde del todo, o más bien no se extiende del todo en esta obra por las razones que fueran. Por ejemplo: 1) ¿Que concepción tenían los húngaros sobre la dictadura del proletariado? ¿Cuando se cristalizo tal dictadura en el país? ¿En base a que lucha? ; 2) ¿Cómo se avanzó en el desarrollo económico del país desde el fin del fascismo horthysta-szálasistas con la liberación del Ejército Rojo de la Unión Soviética?; 3) ¿En lo político como fue el desarrollo de las diferentes elecciones políticas tras la posguerra? ¿Cuál fue la influencia comunista en esos gobiernos? 4) ¿Cómo se tomó entre los comunistas húngaros la cuestión política de la existencia del resto de partidos en la democracia popular?; 5) ¿Qué medidas tomaron los comunistas para fusionarse en un mismo partido con el ala izquierda socialdemócrata para garantizar el grado revolucionario y marxista-leninista del nuevo partido?; 6) ¿Qué significado tuvo las tácticas de frente de modo defensivo y ofensivo durante 1944-1953?; 7) ¿Cómo se tomó la cuestión de la destrucción de la vieja maquinaria estatal burguesa y la creación del nuevo poder estatal del proletariado? ¿Por qué medios se sustituyeron?; 8) ¿Qué debilidades teóricas surgieron y corrigieron los comunistas húngaros durante todo este periodo de agitación social y política?
jueves, 12 de marzo de 2015
Mitos de la historiografía burguesa-revisionista sobre las colectivizaciones de la tierra en los países socialistas; Equipo de Bitácora (M-L), 2015
«Es muy conocido, el mito burgués-revisionista de que el desarrollo de la industria pesada descuidaba el desarrollo de la agricultura, pero en la Unión Soviética se vio, que los mejores datos en el campo se lograron precisamente gracias a la industrialización y a la colectivización que permitió dotar de métodos modernos de explotación bajo una explotación colectiva de las tierras. El segundo mito, quizás todavía más extendido fue el de que la colectivización del campo se hacía a través de métodos coercitivos, cuando en realidad, como atestiguan las obras de cualquier marxista-leninista sin excepción y las estadísticas de la colectivización, el principio voluntario de adhesión de los campesinos a las colectividades era un principio inviolable en el que los partidos comunistas hacían mucho énfasis para no cometer errores que rompieran la alianza obrero-campesina, es más; si esto no fuera así, no se podría explicar ni entender como por ejemplo en la primera experiencia de la historia como fue la colectivización del campo en la Unión Soviética –precisamente con sus deficientes y errores iniciales–, las cifras de miembros de los koljoses y sovjoses tuvieran al principio cifras tambaleantes de adhesiones y abandonos: si realmente se hubiera implantando métodos violentos y severos que no permitieran al campesino quedarse fuera de tales sitios, o abandonar una vez entrado a la colectividad, las cifras serían siempre ascendentes sin repuntes, lo que demuestra la estupidez de las mentiras burguesa-revisionistas. Los propios marxista-leninistas húngaros, hicieron énfasis en este axioma leninista-stalinista en la colectivización de las tierras:
«Durante el pasado año, el número de campesinos que han entrado en la cooperativas de productos se ha duplicado y, según los últimos datos, 118.000 familias campesinas con más de 160.000 miembros cultivaban en 1.160.000 hectáreas en 20 de febrero. Aparte de esto, 559 comités están preparando la entrada de 11.000 familias con 84.000 hectáreas de tierras de cultivo en las granjas cooperativas. Las granjas estatales y cooperativas, el sector socialista de la agricultura, se extienden ahora a alrededor de una séptima parte de la superficie cultivable, y hemos iniciado un renovado, rápido crecimiento en las últimas semanas. (...) ¿Qué se tiene que hacer para promover este desarrollo? El factor decisivo en este sentido, es que nuestro campesinado trabajador debe tomar este camino voluntariamente, por su propia voluntad, a través de su propio juicio y condena. La mayoría del campesinado toma este camino sólo sobre la base de su propia experiencia, o sobre la base de la experiencia que se puede ver con sus propios ojos. Este desarrollo solo puede ser acelerado por medios de convicción. Toda presión o insistencia impaciente, o incluso forzada es perjudicial, y sólo obtendrán los resultados opuestos. Esto nos es enseñado por nuestros grandes maestros, Lenin y Stalin, y está demostrado por nuestra propia experiencia del pasado el desarrollo de las cooperativas húngaras». (Mátyías Rákosi; Informe en el IIº Congreso del Partido de los Trabajadores Húngaros, 25 de febrero de 1951) - Anotación de Bitácora (M-L)] (Anotaciones de Bitácora (M-L) al documento de Vincent Gouysse; El socialimperialismo soviético: génesis y colapso de 2007, 14 de diciembre de 2014)
martes, 16 de diciembre de 2014
Las reformas capitalistas en Hungría auspiciadas por Imre Nagy y los revisionistas soviéticos
| Imre Nagy durante un discurso de 1956 |
«Inmediatamente después del fallecimiento de Iósif Stalin, los elementos pro-burgueses alzaron la cabeza en los países de democracia popular, siendo apoyados por la dirección revisionista jruschovista que ahora podía actuar abiertamente. Los revisionistas húngaros, como representantes de las capas burguesas y pequeño burguesas húngaras, estuvieron aterrorizados por la perspectiva de ver triunfar rápidamente la industrialización socialista y la continuación de la colectivización del campo, liquidando pues, los últimos vestigios del capitalismo en la economía. En esta empresa antisocialista, la burguesía nacional húngara tenía ahora un nuevo aliado en la dirección revisionista soviética. En mayo de 1953, Malenkov, Jruschov y Mikoyán exhortaron al liderazgo de Hungría a «seguir el ejemplo soviético» y «proclamar un nuevo curso». Pero como Mátyás Rákosi había ignorando este mensaje cuando volvió a Hungría, la dirección soviético rogó a Imre Nagy, conocido opositor de la política económica hasta entonces seguida por Mátyás Rákosi, que se uniera a la siguiente delegación de junio de 1953. Este apoyo fue para los revisionistas húngaros la ocasión de cambiar la línea económica del partido hasta entonces comandada por Mátyás Rákosi sobre la edificación del socialismo: ¡la declaración en la resolución de junio de 1953, elaborada bajo la directa injerencia de la dirección soviética criticó «el desarrollo excesivo de la siderurgia», que la política en la que los húngaros habían trabajado hasta ese entonces, era considerada por ellos como el resultado de «una excesiva industrialización y un desarrollo desproporcionado y carente de fundamento, de la industria pesada», que «había impulsado nuestra economía al borde de la quiebra, llegándose a denunciar la «excesiva industrialización socialista» y la «colectivización forzada de la agricultura»!
[Es muy conocido, el mito burgués-revisionista de que el desarrollo de la industria pesada descuidaba el desarrollo de la agricultura, pero en la Unión Soviética se vio, que los mejores datos en el campo se lograron precisamente gracias a la industrialización y a la colectivización que permitió dotar de métodos modernos de explotación bajo una explotación colectiva de las tierras. El segundo mito, quizás todavía más extendido fue el de que la colectivización del campo se hacía a través de métodos coercitivos, cuando en realidad, como atestiguan las obras de cualquier marxista-leninista sin excepción y las estadísticas de la colectivización, el principio voluntario de adhesión de los campesinos a las colectividades era un principio inviolable en el que los partidos comunistas hacían mucho énfasis para no cometer errores que rompieran la alianza obrero-campesina, es más; si esto no fuera así, no se podría explicar ni entender como por ejemplo en la primera experiencia de la historia como fue la colectivización del campo en la Unión Soviética –precisamente con sus deficientes y errores iniciales–, las cifras de miembros de los koljoses y sovjoses tuvieran al principio cifras tambaleantes de adhesiones y abandonos: si realmente se hubiera implantando métodos violentos y severos que no permitieran al campesino quedarse fuera de tales sitios, o abandonar una vez entrado a la colectividad, las cifras serían siempre ascendentes sin repuntes, lo que demuestra la estupidez de las mentiras burguesa-revisionistas. Los propios marxista-leninistas húngaros, hicieron énfasis en este axioma leninista-stalinista en la colectivización de las tierras:
«Durante el pasado año, el número de campesinos que han entrado en la cooperativas de productos se ha duplicado y, según los últimos datos, 118.000 familias campesinas con más de 160.000 miembros cultivaban en 1.160.000 hectáreas en 20 de febrero. Aparte de esto, 559 comités están preparando la entrada de 11.000 familias con 84.000 hectáreas de tierras de cultivo en las granjas cooperativas. Las granjas estatales y cooperativas, el sector socialista de la agricultura, se extienden ahora a alrededor de una séptima parte de la superficie cultivable, y hemos iniciado un renovado, rápido crecimiento en las últimas semanas. (...) ¿Qué se tiene que hacer para promover este desarrollo? El factor decisivo en este sentido, es que nuestro campesinado trabajador debe tomar este camino voluntariamente, por su propia voluntad, a través de su propio juicio y condena. La mayoría del campesinado toma este camino sólo sobre la base de su propia experiencia, o sobre la base de la experiencia que se puede ver con sus propios ojos. Este desarrollo solo puede ser acelerado por medios de convicción. Toda presión o insistencia impaciente, o incluso forzada es perjudicial, y sólo obtendrán los resultados opuestos. Esto nos es enseñado por nuestros grandes maestros, Lenin y Stalin, y está demostrado por nuestra propia experiencia del pasado el desarrollo de las cooperativas húngaras». (Mátyías Rákosi; Informe en el IIº Congreso del Partido de los Trabajadores Húngaros, 25 de febrero de 1951) – Anotación de Bitácora (M-L)]
«Las disposiciones de la resolución de junio de 1953 y el asesoramiento de los camaradas soviéticos se demostraron oportunas y justas». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Como reconoce François Fejtő, las medidas económicas concertadas, adoptadas conjuntamente por los socialimperialistas y sus cohorte de revisionistas en los ex-países de las democracias populares consistieron en:
«La renuncia a la industrialización exagerada, apostando por el desarrollo prioritario de la industria ligera, la disminución de la colectivización y la abolición de las medidas antikulaks». (François Fejtő; Historia de las democracias populares; Tomo II, después de Stalin, 1953-1971, 1992)
En 1956, más del 60% de los koljoses húngaros habían sido disueltos, no representando ahora más que el 10% de la tierra cultivada después de la contrarrevolución de los titoistas húngaros. También en Polonia, el número de los koljoses había sido dividido por seis entre 1956 y 1957, siendo este último un año para el cual el 87% de la tierra estaba en manos de los campesinos privados. Si los elementos pro-burgueses de las democracias populares tenían interés en apoyarse en la dirección revisionista soviética, los revisionistas soviéticos tenían interés en sostener a los revisionistas indígenas con vistas a transformar a los países de ex democracia popular en neocolonias, y seguirían apoyándolos en la medida en que estos revisionistas no se opusieran a su integración en la esfera de influencia de socialimperialismo soviético.
Como los revisionistas indígenas procuraban sobrepasar el marco autorizado por la «libertad que se habían ganado», se oponían inevitablemente de manera creciente a las ambiciones imperialistas de Moscú –la burguesía calificó de «stalinistas» a los revisionistas pro-soviéticos [a los de corte brezhnevista sobre todo - Anotación de Bitácora (M-L)] por los métodos «autoritarios» empleados–, y por lo tanto cuando los revisionistas indígenas en vez de apoyar al revisionismo monocentrista con sede en Moscú [o dicho de otro modo: seguir la teoría y práctica política, económica y cultural del revisionismo soviético como modelo inalienable - Anotación de Bitácora (M-L)], preferían el policentrismo de los titoistas [tesis en la que se apoyaban los revisionistas indígenas como el revisionismo italiano, que querían separarse de la influencia ideológica del socialimperialismo soviético proclamando aquello de que «existen tantas vías «específicas» al socialismo como países» para no seguir directrices ni tutelaje del revisionismo soviético y crear un revisionismo propio acorde a sus intereses que era usado como cabeza de puente por las potencias imperialistas competidoras para inmiscuirse en los ex países socialistas. A pesar de las dificultades creadas por Tito, los revisionistas soviéticos no podían romper abiertamente con él sin correr el riesgo de romper también con los líderes de corte titoista de los países dependientes bajo dominación de otras potencias imperialistas, que ellos mismos consideraban como «progresistas». Por ello, los socialimperialistas soviéticos adoptaron una doble faz con Tito. El socialimperialismo ya había demostrado sus ambiciones coloniales desde 1956 en Hungría, luego en 1968 en Checoslovaquia, y finalmente en 1979 en Afganistán, desde luego bajo la cubierta de la «lucha contra elementos antisocialistas» –elementos a los cuales los mismos revisionistas soviéticos habían apoyado y permitido abiertamente–, cuando los métodos neocolonialistas se mostraban insuficientes, cuando la burguesía compradora procuraba cambiar de socios.
François Fejtő en su introducción de su obra sobre Imre Nagy: «Un comunista que eligió a la gente: retrato de Imre Nagy», de 1957, que relaciona la traición titoista que apunta a promover el «socialismo de rostro humano», es decir, un «socialismo» de obediencia socialdemócrata donde sería desterrada la lucha de clases contra la burguesía, realiza esta interesante observación:
«Así, la elección de Imre Nagy, quién se había levantado contra las mismas personas, que como Mao Zedong o Anastás Mikoyán parecían considerarlo hasta con simpatía, hizo que dicha «apuesta» por su figura fuera después denunciada como un traidor al movimiento obrero internacional, lo que plantea el problema del comunismo húngaro en su verdadero terreno: el de la relación entre la política y la moral». (François Fejtő; Un comunista que eligió a la gente: retrato de Imre Nagy, 1957)
Este terreno de «humanismo y moralismo» –de la pequeña burguesía– obviamente no es específico del «comunismo húngaro», sino que es común y se encuentra en todos los revisionismos de Yugoslavia, China, Checoslovaquia, China, Cuba, etc. donde se tiene como objetivo preservar la posición económica de la burguesía nacional. No sólo la historia no absolverá a los revisionistas, sino que ella siempre desenmascara sus teorías y sus prácticas oportunistas, que acabaran inevitablemente en el basurero de la historia.
Tampoco es casual que Nagy, al igual que todos los humanistas y moralistas burgueses de la época, haya puesto grandes esperanzas en los principios de la no alineación en la que elogió:
«Las ideas de independencia y de la soberanía». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Que habían sido:
«Enérgicamente expresados por los cinco principios de Bandung». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Que:
«Figuran en la declaración de Belgrado». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
A continuación, afirmó la posibilidad de que:
«Estos países y pueblos para avanzar hacia el socialismo y lograr, bajo la dirección de partidos obreros marxistas y otros partidos progresistas y fuerzas patrióticas nacionales, avanzar hacia el socialismo por una vía diferente a la vía soviética». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
A través de:
«Vías específicas que conduzcan al socialismo». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Ya que:
«La ley «desigual del capitalismo» lleva a la conclusión lógica también de un desarrollo desigual del socialismo». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
¡En otros términos, la vieja idea oportunista pseudocientífica de la «teoría de las fuerzas productivas» que es la base ideológica de las opiniones liquidacionistas de los revisionistas! Luego insistió también en:
«La incompatibilidad de los principios de la no alineación con el dogmatismo ideológico perfectamente antimarxista que se desarrolló en la Unión Soviética bajo la fuerza del dogma, que es un tabú, válido y vinculante en todas partes». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Y después de lamentar que:
«La declaración de Belgrado quedase en letra muerta». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Proclamó la necesidad de:
«Eliminar los restos agonizantes del antagónico monopolio de la ideología stalinista». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Que según él:
«Inspiró la actividad de la Komintern y que provocó el conflicto surgido dentro de la Kominform». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957) (Vincent Gouysse; El socialimperialismo soviético: del génesis al colapso, 2007)
Como los revisionistas indígenas procuraban sobrepasar el marco autorizado por la «libertad que se habían ganado», se oponían inevitablemente de manera creciente a las ambiciones imperialistas de Moscú –la burguesía calificó de «stalinistas» a los revisionistas pro-soviéticos [a los de corte brezhnevista sobre todo - Anotación de Bitácora (M-L)] por los métodos «autoritarios» empleados–, y por lo tanto cuando los revisionistas indígenas en vez de apoyar al revisionismo monocentrista con sede en Moscú [o dicho de otro modo: seguir la teoría y práctica política, económica y cultural del revisionismo soviético como modelo inalienable - Anotación de Bitácora (M-L)], preferían el policentrismo de los titoistas [tesis en la que se apoyaban los revisionistas indígenas como el revisionismo italiano, que querían separarse de la influencia ideológica del socialimperialismo soviético proclamando aquello de que «existen tantas vías «específicas» al socialismo como países» para no seguir directrices ni tutelaje del revisionismo soviético y crear un revisionismo propio acorde a sus intereses que era usado como cabeza de puente por las potencias imperialistas competidoras para inmiscuirse en los ex países socialistas. A pesar de las dificultades creadas por Tito, los revisionistas soviéticos no podían romper abiertamente con él sin correr el riesgo de romper también con los líderes de corte titoista de los países dependientes bajo dominación de otras potencias imperialistas, que ellos mismos consideraban como «progresistas». Por ello, los socialimperialistas soviéticos adoptaron una doble faz con Tito. El socialimperialismo ya había demostrado sus ambiciones coloniales desde 1956 en Hungría, luego en 1968 en Checoslovaquia, y finalmente en 1979 en Afganistán, desde luego bajo la cubierta de la «lucha contra elementos antisocialistas» –elementos a los cuales los mismos revisionistas soviéticos habían apoyado y permitido abiertamente–, cuando los métodos neocolonialistas se mostraban insuficientes, cuando la burguesía compradora procuraba cambiar de socios.
François Fejtő en su introducción de su obra sobre Imre Nagy: «Un comunista que eligió a la gente: retrato de Imre Nagy», de 1957, que relaciona la traición titoista que apunta a promover el «socialismo de rostro humano», es decir, un «socialismo» de obediencia socialdemócrata donde sería desterrada la lucha de clases contra la burguesía, realiza esta interesante observación:
«Así, la elección de Imre Nagy, quién se había levantado contra las mismas personas, que como Mao Zedong o Anastás Mikoyán parecían considerarlo hasta con simpatía, hizo que dicha «apuesta» por su figura fuera después denunciada como un traidor al movimiento obrero internacional, lo que plantea el problema del comunismo húngaro en su verdadero terreno: el de la relación entre la política y la moral». (François Fejtő; Un comunista que eligió a la gente: retrato de Imre Nagy, 1957)
Este terreno de «humanismo y moralismo» –de la pequeña burguesía– obviamente no es específico del «comunismo húngaro», sino que es común y se encuentra en todos los revisionismos de Yugoslavia, China, Checoslovaquia, China, Cuba, etc. donde se tiene como objetivo preservar la posición económica de la burguesía nacional. No sólo la historia no absolverá a los revisionistas, sino que ella siempre desenmascara sus teorías y sus prácticas oportunistas, que acabaran inevitablemente en el basurero de la historia.
Tampoco es casual que Nagy, al igual que todos los humanistas y moralistas burgueses de la época, haya puesto grandes esperanzas en los principios de la no alineación en la que elogió:
«Las ideas de independencia y de la soberanía». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Que habían sido:
«Enérgicamente expresados por los cinco principios de Bandung». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Que:
«Figuran en la declaración de Belgrado». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
A continuación, afirmó la posibilidad de que:
«Estos países y pueblos para avanzar hacia el socialismo y lograr, bajo la dirección de partidos obreros marxistas y otros partidos progresistas y fuerzas patrióticas nacionales, avanzar hacia el socialismo por una vía diferente a la vía soviética». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
A través de:
«Vías específicas que conduzcan al socialismo». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Ya que:
«La ley «desigual del capitalismo» lleva a la conclusión lógica también de un desarrollo desigual del socialismo». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
¡En otros términos, la vieja idea oportunista pseudocientífica de la «teoría de las fuerzas productivas» que es la base ideológica de las opiniones liquidacionistas de los revisionistas! Luego insistió también en:
«La incompatibilidad de los principios de la no alineación con el dogmatismo ideológico perfectamente antimarxista que se desarrolló en la Unión Soviética bajo la fuerza del dogma, que es un tabú, válido y vinculante en todas partes». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Y después de lamentar que:
«La declaración de Belgrado quedase en letra muerta». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Proclamó la necesidad de:
«Eliminar los restos agonizantes del antagónico monopolio de la ideología stalinista». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957)
Que según él:
«Inspiró la actividad de la Komintern y que provocó el conflicto surgido dentro de la Kominform». (Imre Nagy; Un comunismo que no olvida al hombre, 1957) (Vincent Gouysse; El socialimperialismo soviético: del génesis al colapso, 2007)
lunes, 10 de noviembre de 2014
Mátyás Rákosi sobre la inevitable agudización de la lucha de clases en la democracia popular
«El Partido Obrero Húngaro es plenamente consciente que un avance pacífico de los elementos capitalistas hacia el socialismo es impensable. Las restricciones impuestas a los elementos capitalistas, limitándolos y eliminándolos gradualmente, se traducirá inevitablemente en el resultado de una resistencia de su parte y dará lugar a una agudización de la lucha de clases.
En la medida que los grandes terratenientes y capitalistas pierden sus posiciones económicas, sus puntos fuertes sociales y políticos, ellos van a recurrir cada vez más y más a formas de sabotaje, espionaje, conspiración y acciones armadas contra la democracia. Y aunque las masas trabajadoras que libran su lucha contra la reacción, tengan en sus manos la máquina del Estado, ellos saben que la lucha entre las fuerzas democráticas que avanzan al socialismo y las fuerzas de las reacción que se esfuerzan por restaurar el capitalismo no se decidirá sino se elimina el poder político y económico de los elementos capitalistas, y hasta que se elimine a los imperialistas extranjeros que continúan ayudando a restaurar a la reacción.
Por consiguiente, los intereses de las democracias populares requieren de un fortalecimiento de los órganos de seguridad estatal, la policía, y una eterna vigilancia y predisposición para la lucha del pueblo, la clase obrera y el partido». (Mátyás Rákosi; Discurso en el Congreso de Unificación del Partido de los Trabajadores Húngaros, 12 de junio de 1948)
lunes, 3 de marzo de 2014
Debemos liquidar el concepto de que la clase obrera comparte su poder con otras clases
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| Cartel que hace referencia a la fundación del Partido de los Trabajadores Húngaros, en junio de 1948 |
«¿Por qué no puede este poder ser ejercido junto con el campesinado? Porque en tal caso, el Estado dejaría de ser un arma con la que cuenta el socialismo. Para el campesinado, aun siendo una clase trabajadora, es aveces indiferente a la propiedad privada y otras veces indiferente frente a las cooperativas. Vacila. Es por ello que debe ser apoyado, conducido, educado y ayudado para que éste acepte el camino a las cooperativas. Y es por eso también, que el liderazgo, educación y asistencia se debe prestar por parte del Estado, no puede ser dividido con el campesinado. Por otra parte, la vacilación que concierne la materia de la progresión socialista del área rural que ocupa el campesino, quiere decir al mismo tiempo la vacilación entre el capitalismo y el socialismo, la incertidumbre en la lucha contra kulak, vacilación en la lucha contra el imperialismo. Pero un Estado que se transforma en el socialismo, un Estado que lucha contra kulak, un Estado que debe protegerse contra el imperialismo, un poder dedicado a la opresión de actitudes que van contra las clases sociales trabajadoras, no debe vacilar. Es la razón, camaradas, por qué debemos liquidar el concepto de que la clase obrera comparte su poder con otras clases. En este concepto encontramos los remanentes de un punto de vista según el cual una democracia popular es un Estado bastante específico que se diferencia del Estado soviético no sólo en su forma, sino también en su esencia y funciones. Algo errado». (Jozsef Revai, Sobre el carácter de nuestra democracia popular, octubre de 1949)
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